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–¿Acaso importa?
–No lo sé. ¿Te importa a ti?
–Yo sólo quiero mis cosas de vuelta, en especial mi
ropa.
–Ya no tengo nada. Tiré todo. Todo.
–¿Cómo que todo?¿Tiraste todo?¿Hasta mis chamarras de
piel?, me dijo, mientras apretaba la quijada.
Dudé.
–Creo que sí, yo recuerdo haber tirado todo.
Era mentira,
las tenía guardadas en el armario de lo que solía ser nuestra habitación.
Escondí sus chamarras , junto con la esperanza de que algún día él regresará.
Ahí, en un rincón olvidado, entre mis abrigos, esos que usaba en las noches de
invierno que pasamos juntos y las faldas que muchas noches adornaron la sala de
su casa.
–¿Cómo pudiste hacer eso?, sabes perfectamente lo
mucho que me costó esa ropa.
–Lo siento, es que en verdad no pensé que te importara.
Dejaste muchas cosas aquí y nunca preguntaste por ellas hasta hoy. Sabes que
odio acumular cosas que no me sirven para nada.
Mentí de nuevo. Claro que le importaba y yo lo sabía
perfectamente. No había conocido a hombre más materialista que él. Sabía que
sería un gran pretexto para volverlo a ver y tal vez suplicarle una vez más que
regresará conmigo.
–¿Por qué no me dejas buscar hoy?, a ver que encuentro
y mañana te marco ¿Está bien?
Me contestó el silencio.
–Tal vez estoy confundida y he de tener alguna que
otra prenda por ahí. Tal vez no todo está perdido, así como…
–¿Ya vas a empezar?
–Yo sólo decía.
–Siempre dices,
¿Te das cuenta?
Me enfadé.
–Olvídalo.
–Recuerdo haber dejado unos zapatos negros también.
–¿En serio? No recuerdo haberlos visto.
Mentí otra vez. Ocasionalmente los lustraba. Me
recordaban tanto a nuestra cena de graduación. Esa noche, en donde a la hora
del brindis, agradeció a Dios por
tener el apoyo y el amor de su nueva familia, ósea yo y nuestra bebé. Enfrente
de todos nuestros compañeros y más que nada, de esa zorra barata, con la cual
me engaño años atras. Me sentía tan orgullosa, como una niña que se queda con
la muñeca más bonita, así, fui coronada con el triunfo de haberme quedado con
él y más aún, de haber tenido un bebé juntos. Se lo restregaba en la cara cada
vez que podía a la zorra barata de Laura, y esa noche fue tomando a mi novio-esposo del brazo.
–Tu nunca te acuerdas de nada, de la ropa ni de los
zapatos y seguramente mucho menos de la forma en que destruiste a nuestra
familia.
Callé.
–Ya Rafael, sé que no puedo cambiar el pasado. Lo
único que puedo hacer es mejorar en el presente no volviendo a cometer el mismo
error. Claro, si estuviéramos juntos.
El silencio se hacia participe de nuestra
conversación.
–Bueno, ¿algo más que quieras?
–Sí, mis camisas y mis pantalones.
–Eso creo que no lo tengo.
Me estaba volviendo experta en el arte de la mentira,
por supuesto que lo tenía. Todo estaba
planchado y doblado en sus cajones. Esos que nunca me atreví a vaciar, al igual
que a mi corazón de todo el amor que le tenía.
–¿Cómo es posible? Es mucha ropa y no tienes ni un
calcetín.
–¿Calcetines? No, esos se los di a Coby y creo que
solo quedan tiras como recuerdo de lo que un día fueron.
Deseando profundamente que sus manos pudieran
atravesar el auricular para estrangularme, me dijo –Dime que tienes mi playera
del Barcelona, por favor, en serio, no juegues con eso.
–¿La de los monitos que van tras el balón como
loquitos?¿Una azul con rojo?
Volví a dudar.
–No, creo que no la tengo. Se la di a mi tía Susy para
que se la diera los niños de la fundación. Les encanta ese jueguito de la
pelota.
Me gané el titulo de mentirosa certificada. Y lo mejor
–o peor, según sea el caso–, es que me creía todo. Escuchaba como sollozaba y
se mordía una mano para no explotar de coraje. Obviamente la tenía, y la usaba para dormir casi diario. Me gustaba
pensar que llegaría después de trabajar y me encontraría acostada en la cama,
vistiendo solamente esa playera y me haría el amor, sin dejarme decir
absolutamente nada. Así, como a él le gustaba tenerme todas las noches.
–Entonces, tu no tienes nada, nada de nada.
–Ya te dije, que me dejes revisar.
–No. ¿Sabes? Olvídalo. Ya no importa.
Mi corazón sufrió una helada intensa y antes de poder
decir algo, sólo éramos el sonido de la línea telefónica y yo.
Son las nueve de la mañana y Benito despierta. El sudor cubre
su cuello y su ancha frente repleta de arrugas y manchas cafés. La primera
imagen que se le viene a la mente es la de Santiaguito
–santo patrono de Izúcar de Matamoros–;
postrado en su blanco corcel, mientras sostiene una espada, con la capa
saturada de fotografías, mechones de cabello y billetes.
Entre un montón de libros viejos de teología y cartas sin
abrir de algunos feligreses en busca de algún rayo de redención, Benito busca
el discurso que ofrecerá en la misa de hoy. Es el discurso del padre Federico,
quién fuera su antecesor hace ya algunos meses antes de morir por problemas en
el hígado –de tanto escanciarse el vino de la iglesia–. Ese gastado discurso,
que año con año, es sacado del olvido y leído con lozanía ante todos los
devotos que asisten a la misa en honor de Santiaguito
–que son aproximadamente los ciento cincuenta habitantes–.
Todavía con el sueño trepado en la cabeza, se dirige a la
cocina y abre la vieja nevera que aún se resiste a ser substituida. Dentro de
ella sólo hay un par de blanquillos y media jarra de leche –algo amarillenta–,
sin meditarlo mucho, toma la jarra de leche y comienza a buscar dentro de la
alacena alguna taza limpia para servirse. Pero lo único que logra encontrar es
un par de cucarachas que se esconde en la oscuridad de las esquinas del mueble
–Son como los retrasados mentales, los que deambulan por los traspetos de la
iglesia, escondiéndose de los demás, en la oscuridad, porque nadie los quiere.
Ese es el único lugar que la sociedad les da en realidad– dice decepcionado,
mientras comienza a beber de la jarra directamente.
La agriedad de la leche penetra sus papilas gustativas, se
desliza por su garganta quemando las paredes de esta y llega al estómago, el
cual ruge de inconformidad por la basura que yace en él, –Basura, como la
esperanza que piden que les de a cualquiera de sus desahuciados problemas
existenciales–se dice así mismo.
Ya bien despierto, Benito se mira en el espejo de su tocador.
–Si es que existes, dame la fuerza necesaria Señor, susurra. Se persina y
observa las empolvadas imágenes que cuelgan de las viejas paredes de adobe,
buscando en los ojos de aquellos santos y mártires una señal de perdón. Regresa
a la cocina a limpiar los trastes sucios que desde hace 5 días se cubren de
moho. Sin tener suerte, se dedica mejor a acomodar toda la maraña de cartas
viejas, fotografías de años que fueron tragados por el seminario y retiros, una
que otra medalla al merito que llegaron a él durante su servicio al frente.
Las manecillas del reloj le hablan de que las once se
acercan, así que toma el discurso, lo dobla y lo mete entre su habito.
Benito camina entre las bancas de la capilla y comienza a
quitarse la mugre que anidan sus uñas. Mira hacia la imagen de Santiaguito y se pone a pensar en lo
mucho que aborrece a sus feligreses; esas madres argüenderas que lo buscan cada
tres días para pedir consejo sobre sus hijos adolescentes, a los campesinos que
acuden a orar por la lluvia que no ha caído sobre su tierra yerma, a los
ancianos que pasan la mayor parte del día sentados en las bancas durmiendo
–contaminando con su hediondo aroma toda la capilla–, a la viuda demente que va
diario a confesarse –contándole la misma historia desde que él reside en
Izúcar–, a los niños mendigos que frecuentemente entran a pedir una rebanada de
pan. Benito está cansado de ver la injusticia divina caer sobre las espaldas de
estos entes que rondan el templo en busca de palabras vanas y efímeras de
aliento. –Todas son almas sin arreglo, sin salvación. ¿Para qué prolongar su
sufrimiento?, le pregunta a la gran imagen de Santiaguito. –Dime, tú que resguardas todas estás almas en pena,
¿Para qué? ¿Para qué seguir vagando así?
Su monólogo interior es interrumpido por el conserje de la
iglesia, quién le dice que subirá a tocar las campanas. Benito asienta la
cabeza. Se dirige a preparar las ostias y el vino, por que la hora se aproxima.
La gente comienza a llegar; entra cantando himnos de alegría
y de perdón mientras carga en sus hombros todo tipo de ofrendas –desde flores
hasta mole–.
Hombres, mujeres, niños y ancianos llenan las bancas del
templo de Santiaguito. La fe y el agradecimiento se escurren de los ojos de
unos cuantos. Benito sube al altar y recorre con la mirada a toda la
congregación, traga un grumo de saliva y llena sus pulmones con el hediondo
olor que flota en el aire.
Las piernas le tiemblan un poco, pero sabe que es lo mejor
para todos. Pide una oración por todos los presentes y por sus pecados, por los
que ya no están y por la gloria –que según el protocolo marca– les espera al
final de la vida en la tierra. La misa comienza y con ella el final.
Benito le da lectura a salmos y versículos especialmente
seleccionados para la celebración, mientras que hace un recuento de las frentes
agachadas pidiendo redención a sus pecados. Prosigue con el discurso del padre
Federico, impregnándose de la devoción que yace en la mirada de cada uno de los
devotos. El protocolo eclesiástico continúa, al igual que la cuenta regresiva que
los acerca –según Benito– a la paz eterna. –Esta es la sangre de Cristo, que
fue derramada para la salvación de la humanidad, consagremos el cuerpo y la
sangre de nuestro Señor–. El sudor
aparece de nuevo y rueda por la papada de Benito, el tiempo se suspende y el
sonido se turba un poco. Una cuenta regresiva nubla su mente y todos contestan
en forma de coro
–¡Amén!
Benito sonríe, mientras la espada de Santiaguito atraviesa su
pecho, cayéndole desde arriba.
Nunca había odiado al sol como hoy; es de esos días en que
te calcina los ojos con sus rayos y te calienta la cabeza tanto que un huevo
podría cocinarse al instante. Pero bueno, el tiempo ya estaba pisándonos los
talones y todavía empezaba a tachar de la lista de pendientes las cosas que
debía hacer. Hoy es jueves y debo asistir a una reunión ñoña y sosa, con una
bola de viejos decrépitos y alego céntricos, intentando ser disque escritores.
Preferiría ir a misa y pasar a leer una lectura de esa recopilación de cuentos
ficticios llamada Biblia, pero ni modos, el silencio tiene precio y es un
precio que estoy dispuesta a pagar.
El
asfalto hervía y la gente atorada en el tráfico estaba más alterada e histérica
de lo normal; los claxons de los coches ensordecían mi voz interna, la cual me
estaba jodiendo la existencia, ya que cada vez que veía el reloj, me recordaba
lo tarde que ya era y las caras de aquellos mequetrefes enojados por mi
impuntualidad. Realmente no comprendo que ganan con pitar tanto, es como si
pensaran que sus claxons fueran tan poderosos que las ondas de sonido que estos
producen pudieran mover a aquel imprudente que se estaciona en doble fila o al
tarado que va a veinte kilómetros por hora. –¡Bienvenida a Puebla!, le dije a
mi hermana. ¡Próximamente vivirás en la ciudad de los mochos y espantados;
fresas y mamones; de los pipopes!, exclame. Ella sólo volteo a verme y dijo
–Ash.
Veinte
minutos después de estancarnos en un mar de autos, llegamos a nuestra primera
parada; Sam’s Club. Mamá desplego una enorme lista de las cosas que debíamos comprar; Cloro,
detergente, jabón, contenedores de plástico, leche en polvo etc, etc. Realmente
no preste mucha atención a las cosas que había en el almacén, porque me da
flojera eso de ir de compras, simplemente entro por lo que quiero comprar y ya,
no me distraigo como las demás personas que terminan comprando cosas que
seguramente ni necesitan. Al terminar la búsqueda exhaustiva del los
contenedores de plástico, el tiempo ya estaba prácticamente arriba de nosotras,
pero el destino, como siempre, nos jugó una broma de mal gusto, ya que un
estúpido cajero no nos cobro un contenedor de plástico y mamá tuvo que
regresarse a que el tarado enmendara su error. Diez minutos de mi vida
desperdiciados ahí. Finalmente, nos fuimos. –Mamá, llévame a la agencia, ya es
tarde. Mi mamá como buena mamá que es, me llevó a la agencia. La junta ya había
comenzado, aunque nadie se extraño de que llegará tarde, ya que generalmente
nadie llega a la hora acordada. –Los pendientes para esta semana son estos,
señalo mi colega. ¡Una hora productiva al fin!, pensé. Dieron las 3:30, me
despedí de mis colegas. –¿Vas para el centro?, preguntó uno de mis amigos.
–Sí,
pues vámonos juntos…no traigo auto, mi mamá está en la ciudad y pues…
–No
te preocupes. De todos modos, no voy muy lejos.
Salimos
de la agencia y el cielo se oscurecía; a mi no me preocupó, porque ya días
atrás había pasado lo mismo y ni una gota de agua en el piso. Ya en la puerta
de las oficinas a donde se dirigía mi amigo, él me preguntó…
–¿Traes
paraguas?
–No,
¿Por qué?, le pregunte extrañada.
–Yo
calculo que como en media hora empezará a llover, afirmó.
–Si,
si traigo paraguas, le dije, burlándome de él.
Nos
despedimos y continúe con mi camino, mientras me reclamaba a mi misma porque no
había tomado un taxi, ya que parecía que entre más avanzaba el cielo se tornaba
más negro, las primeras gotas de agua no tardaron en caer.
–Carajo,
dije. Y apresuré el paso. Ya sobre la 16 de septiembre y 13 poniente el
aguacero me sorprendió por la espalda. Todos corrían a refugiarse, menos yo,
que necia seguía caminando. Pase la 11, 9, 7 y 5 poniente con más pena que con
gloria, estaba completamente mojada, en mis zapatos nadaba basura y agua
puerca, mis pantalones eran como esponjas, absorbían todas las gotas que con
ellos rozaban. Al llegar a la 3 poniente me quise hacer la lista y pensé, si me
voy por los portales quizás ya no me jodera tanto esta lluvia y así fue, sólo
que no contaba con la cantidad de gente que en ellos se refugiaban. Ahora no
sólo tenía que cuidarme de la lluvia, sino también de los pinches rateros que
esperaban el momento adecuado para bolsearte. Crucé Reforma y ahí fue cuando
comencé a ver la luz, cuatro en punto marcaba mi reloj. Ya estaba a una cuadra
de mi destino, así que apresuré el paso. Más tarde en planear mi ruta que en llegar.
Cuando me di cuenta ya había llegado.
Y
ahí estaban mis compa-ñeros, hablando sobre sus logros con circo, maroma y
teatro, –Pinches mamones, pensé. Llegué y puse la mejor cara posible, aunque
eso de ser hipócrita nunca se me ha dado, y con toda la bola de pendejadas que
me habían pasado antes de llegar, apenas pude hacer un gesto de alegría.
–Buenas
tardes, les dije. Y tomé asiento. Me senté en la cabecera, para no estar en
medio de su plática estúpida y sosa. Mi presencia fue prácticamente
imperceptible, seguían hablando de pendejadas egocentristas. En verdad que no
quería estar ahí, pero sabía que si no asistía a la reunión, el idiota que me
dejó la nota en mi casillero aquella tarde, en donde me amenazaba con decirle a
la directora del instituto quién había boicoteado la entrega oportuna de los
cuentos, los cuales serían parte de esa estúpida antología. ¿Y porqué mi cuento
no?, son unos incultos que no saben apreciar la literatura de verdad. En
realidad no entendía nada, pero sabia que tenia que estar ahí, ya que tenía
mucho en juego; si mi secreto fuera revelado perdería el apoyo de mi padre,
quién nunca había estado orgulloso de mi hasta el día que se enteró que
seguiría sus pasos como escritor. ¡Carajo!, según yo no había dejado ningún
cabo suelto, lo tenía muy bien planeado, ¿Quién de todos estos cretinos era el
chantajista cobarde? Sospechaba de todos, pero a la vez de nadie, ya que todos
actúan como siempre actúan, como unos mentecatos ególatras. Mientras los
observaba fijamente, esperando a que alguien me sostuviera la mirada, una mano
pesada tocó mi hombro.
Me
gustaba ver como se hacia su coleta. Los rayos del sol que entraban por su
ventana peinaban su largo cabello castaño. Dos vueltas le daba a la liga morada
que sostenía la coleta.
Karla
era mi vecina. Iba en el mismo salón que yo. Muchas veces intente hablarle,
pero nunca me anime realmente. Me quedaba en el intento, por que sabía que mis
palabras serían en como la brisa del viento y sólo moverían sus largos
mechones.
Tenía
muchas ganas de decirle lo bonita que se veía por las mañana cuando peinaba su
sedoso cabello. También, que quería invitarla a ir por un raspado, de esos que
venden enfrente del parque. Contarle que me gustaría tomarla de la mano
mientras camináramos de regreso al edificio en donde vivía. Y darle un pequeño
beso de despedida en sus rosadas mejillas. Pero esto solamente vivía en mi
imaginación.
Los
días se fueron tachando de mi calendario, en ese el de los gatitos, que colgaba
de la pared de la cocina. Y un buen día cuando finalmente me decidí a hablarle.
Al
mirar por su ventana, la cual quedaba enfrente de la mía. Sólo vi un par de
tenis que colgaban del cable de luz. Ya no había algo que los rayos del sol
pudieran peinar, ni un solo mechón que pudiera ser sostenido por una liga
morada. Karla y su familia se habían ido. Así nada más, de la noche para la
mañana. Muchos dicen que fue porque su papá tenía problemas en la fábrica y lo
buscaban por haber robado dinero de la caja. Otros dicen que su hermano mato a
un chavo que vivía en el mismo edificio que él. Y unos cuantos dicen que fue
porque ya no les gustaba vivir aquí.
Pero
sea lo que sea, ella se ha dio y con ella, el viento se llevo mis palabras.
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