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jueves, 15 de marzo de 2012 0 comentarios

zZ

Este caligrama necesita ser leido en PDF, adjunto el archivo para mayor fidelidad.

lunes, 28 de noviembre de 2011 1 comentarios

Ropa en el armario


–¿Acaso importa?
–No lo sé. ¿Te importa a ti?
–Yo sólo quiero mis cosas de vuelta, en especial mi ropa.
–Ya no tengo nada. Tiré todo. Todo.
–¿Cómo que todo?¿Tiraste todo?¿Hasta mis chamarras de piel?, me dijo, mientras apretaba la quijada.

Dudé.

–Creo que sí, yo recuerdo haber tirado todo.

Era mentira,  las tenía guardadas en el armario de lo que solía ser nuestra habitación. Escondí sus chamarras , junto con la esperanza de que algún día él regresará. Ahí, en un rincón olvidado, entre mis abrigos, esos que usaba en las noches de invierno que pasamos juntos y las faldas que muchas noches adornaron la sala de su casa.

–¿Cómo pudiste hacer eso?, sabes perfectamente lo mucho que me costó esa ropa.
–Lo siento, es que en verdad no pensé que te importara. Dejaste muchas cosas aquí y nunca preguntaste por ellas hasta hoy. Sabes que odio acumular cosas que no me sirven para nada.

Mentí de nuevo. Claro que le importaba y yo lo sabía perfectamente. No había conocido a hombre más materialista que él. Sabía que sería un gran pretexto para volverlo a ver y tal vez suplicarle una vez más que regresará conmigo.

–¿Por qué no me dejas buscar hoy?, a ver que encuentro y mañana te marco ¿Está bien?

Me contestó el silencio.

–Tal vez estoy confundida y he de tener alguna que otra prenda por ahí. Tal vez no todo está perdido, así como…
–¿Ya vas a empezar?
–Yo sólo decía.
–Siempre dices, ¿Te das cuenta?

Me enfadé.

–Olvídalo.
–Recuerdo haber dejado unos zapatos negros también.
–¿En serio? No recuerdo haberlos visto.

Mentí otra vez. Ocasionalmente los lustraba. Me recordaban tanto a nuestra cena de graduación. Esa noche, en donde a la hora del brindis, agradeció a Dios por tener el apoyo y el amor de su nueva familia, ósea yo y nuestra bebé. Enfrente de todos nuestros compañeros y más que nada, de esa zorra barata, con la cual me engaño años atras. Me sentía tan orgullosa, como una niña que se queda con la muñeca más bonita, así, fui coronada con el triunfo de haberme quedado con él y más aún, de haber tenido un bebé juntos. Se lo restregaba en la cara cada vez que podía a la zorra barata de Laura, y esa noche fue tomando a mi novio-esposo del brazo.

–Tu nunca te acuerdas de nada, de la ropa ni de los zapatos y seguramente mucho menos de la forma en que destruiste a nuestra familia.

Callé.

–Ya Rafael, sé que no puedo cambiar el pasado. Lo único que puedo hacer es mejorar en el presente no volviendo a cometer el mismo error. Claro, si estuviéramos juntos.

El silencio se hacia participe de nuestra conversación.

–Bueno, ¿algo más que quieras?
–Sí, mis camisas y mis pantalones.
–Eso creo que no lo tengo.

Me estaba volviendo experta en el arte de la mentira, por supuesto que lo tenía.  Todo estaba planchado y doblado en sus cajones. Esos que nunca me atreví a vaciar, al igual que a mi corazón de todo el amor que le tenía.

–¿Cómo es posible? Es mucha ropa y no tienes ni un calcetín.
–¿Calcetines? No, esos se los di a Coby y creo que solo quedan tiras como recuerdo de lo que un día fueron.

Deseando profundamente que sus manos pudieran atravesar el auricular para estrangularme, me dijo –Dime que tienes mi playera del Barcelona, por favor, en serio, no juegues con eso.

–¿La de los monitos que van tras el balón como loquitos?¿Una azul con rojo?

Volví a dudar.

–No, creo que no la tengo. Se la di a mi tía Susy para que se la diera los niños de la fundación. Les encanta ese jueguito de la pelota.

Me gané el titulo de mentirosa certificada. Y lo mejor –o peor, según sea el caso–, es que me creía todo. Escuchaba como sollozaba y se mordía una mano para no explotar de coraje. Obviamente la tenía, y  la usaba para dormir casi diario. Me gustaba pensar que llegaría después de trabajar y me encontraría acostada en la cama, vistiendo solamente esa playera y me haría el amor, sin dejarme decir absolutamente nada. Así, como a él le gustaba tenerme todas las noches.

–Entonces, tu no tienes nada, nada de nada.
–Ya te dije, que me dejes revisar.
–No. ¿Sabes? Olvídalo. Ya no importa.

Mi corazón sufrió una helada intensa y antes de poder decir algo, sólo éramos el sonido de la línea telefónica y yo.
martes, 18 de octubre de 2011 0 comentarios

¡Amén!


Son las nueve de la mañana y Benito despierta. El sudor cubre su cuello y su ancha frente repleta de arrugas y manchas cafés. La primera imagen que se le viene a la mente es la de Santiaguito –santo patrono de Izúcar de Matamoros; postrado en su blanco corcel, mientras sostiene una espada, con la capa saturada de fotografías, mechones de cabello y billetes.

Entre un montón de libros viejos de teología y cartas sin abrir de algunos feligreses en busca de algún rayo de redención, Benito busca el discurso que ofrecerá en la misa de hoy. Es el discurso del padre Federico, quién fuera su antecesor hace ya algunos meses antes de morir por problemas en el hígado –de tanto escanciarse el vino de la iglesia–. Ese gastado discurso, que año con año, es sacado del olvido y leído con lozanía ante todos los devotos que asisten a la misa en honor de Santiaguito –que son aproximadamente los ciento cincuenta habitantes–.

Todavía con el sueño trepado en la cabeza, se dirige a la cocina y abre la vieja nevera que aún se resiste a ser substituida. Dentro de ella sólo hay un par de blanquillos y media jarra de leche –algo amarillenta–, sin meditarlo mucho, toma la jarra de leche y comienza a buscar dentro de la alacena alguna taza limpia para servirse. Pero lo único que logra encontrar es un par de cucarachas que se esconde en la oscuridad de las esquinas del mueble –Son como los retrasados mentales, los que deambulan por los traspetos de la iglesia, escondiéndose de los demás, en la oscuridad, porque nadie los quiere. Ese es el único lugar que la sociedad les da en realidad– dice decepcionado, mientras comienza a beber de la jarra directamente.
La agriedad de la leche penetra sus papilas gustativas, se desliza por su garganta quemando las paredes de esta y llega al estómago, el cual ruge de inconformidad por la basura que yace en él, –Basura, como la esperanza que piden que les de a cualquiera de sus desahuciados problemas existenciales–se dice así mismo.

Ya bien despierto, Benito se mira en el espejo de su tocador. –Si es que existes, dame la fuerza necesaria Señor, susurra. Se persina y observa las empolvadas imágenes que cuelgan de las viejas paredes de adobe, buscando en los ojos de aquellos santos y mártires una señal de perdón. Regresa a la cocina a limpiar los trastes sucios que desde hace 5 días se cubren de moho. Sin tener suerte, se dedica mejor a acomodar toda la maraña de cartas viejas, fotografías de años que fueron tragados por el seminario y retiros, una que otra medalla al merito que llegaron a él durante su servicio al frente.

Las manecillas del reloj le hablan de que las once se acercan, así que toma el discurso, lo dobla y lo mete entre su habito.

Benito camina entre las bancas de la capilla y comienza a quitarse la mugre que anidan sus uñas. Mira hacia la imagen de Santiaguito y se pone a pensar en lo mucho que aborrece a sus feligreses; esas madres argüenderas que lo buscan cada tres días para pedir consejo sobre sus hijos adolescentes, a los campesinos que acuden a orar por la lluvia que no ha caído sobre su tierra yerma, a los ancianos que pasan la mayor parte del día sentados en las bancas durmiendo –contaminando con su hediondo aroma toda la capilla–, a la viuda demente que va diario a confesarse –contándole la misma historia desde que él reside en Izúcar–, a los niños mendigos que frecuentemente entran a pedir una rebanada de pan. Benito está cansado de ver la injusticia divina caer sobre las espaldas de estos entes que rondan el templo en busca de palabras vanas y efímeras de aliento. –Todas son almas sin arreglo, sin salvación. ¿Para qué prolongar su sufrimiento?, le pregunta a la gran imagen de Santiaguito. –Dime, tú que resguardas todas estás almas en pena, ¿Para qué? ¿Para qué seguir vagando así?

Su monólogo interior es interrumpido por el conserje de la iglesia, quién le dice que subirá a tocar las campanas. Benito asienta la cabeza. Se dirige a preparar las ostias y el vino, por que la hora se aproxima.

La gente comienza a llegar; entra cantando himnos de alegría y de perdón mientras carga en sus hombros todo tipo de ofrendas –desde flores hasta mole–.

Hombres, mujeres, niños y ancianos llenan las bancas del templo de Santiaguito. La fe y el agradecimiento se escurren de los ojos de unos cuantos. Benito sube al altar y recorre con la mirada a toda la congregación, traga un grumo de saliva y llena sus pulmones con el hediondo olor que flota en el aire.

Las piernas le tiemblan un poco, pero sabe que es lo mejor para todos. Pide una oración por todos los presentes y por sus pecados, por los que ya no están y por la gloria –que según el protocolo marca– les espera al final de la vida en la tierra. La misa comienza y con ella el final.

Benito le da lectura a salmos y versículos especialmente seleccionados para la celebración, mientras que hace un recuento de las frentes agachadas pidiendo redención a sus pecados. Prosigue con el discurso del padre Federico, impregnándose de la devoción que yace en la mirada de cada uno de los devotos. El protocolo eclesiástico continúa, al igual que la cuenta regresiva que los acerca –según Benito– a la paz eterna. –Esta es la sangre de Cristo, que fue derramada para la salvación de la humanidad, consagremos el cuerpo y la sangre de nuestro Señor–.  El sudor aparece de nuevo y rueda por la papada de Benito, el tiempo se suspende y el sonido se turba un poco. Una cuenta regresiva nubla su mente y todos contestan en forma de coro
–¡Amén!

Benito sonríe, mientras la espada de Santiaguito atraviesa su pecho, cayéndole desde arriba.


jueves, 13 de octubre de 2011 0 comentarios

He tenido días mejores


Nunca había odiado al sol como hoy; es de esos días en que te calcina los ojos con sus rayos y te calienta la cabeza tanto que un huevo podría cocinarse al instante. Pero bueno, el tiempo ya estaba pisándonos los talones y todavía empezaba a tachar de la lista de pendientes las cosas que debía hacer. Hoy es jueves y debo asistir a una reunión ñoña y sosa, con una bola de viejos decrépitos y alego céntricos, intentando ser disque escritores. Preferiría ir a misa y pasar a leer una lectura de esa recopilación de cuentos ficticios llamada Biblia, pero ni modos, el silencio tiene precio y es un precio que estoy dispuesta a pagar.
El asfalto hervía y la gente atorada en el tráfico estaba más alterada e histérica de lo normal; los claxons de los coches ensordecían mi voz interna, la cual me estaba jodiendo la existencia, ya que cada vez que veía el reloj, me recordaba lo tarde que ya era y las caras de aquellos mequetrefes enojados por mi impuntualidad. Realmente no comprendo que ganan con pitar tanto, es como si pensaran que sus claxons fueran tan poderosos que las ondas de sonido que estos producen pudieran mover a aquel imprudente que se estaciona en doble fila o al tarado que va a veinte kilómetros por hora. –¡Bienvenida a Puebla!, le dije a mi hermana. ¡Próximamente vivirás en la ciudad de los mochos y espantados; fresas y mamones; de los pipopes!, exclame. Ella sólo volteo a verme y dijo –Ash.
Veinte minutos después de estancarnos en un mar de autos, llegamos a nuestra primera parada; Sam’s Club. Mamá desplego una enorme lista  de las cosas que debíamos comprar; Cloro, detergente, jabón, contenedores de plástico, leche en polvo etc, etc. Realmente no preste mucha atención a las cosas que había en el almacén, porque me da flojera eso de ir de compras, simplemente entro por lo que quiero comprar y ya, no me distraigo como las demás personas que terminan comprando cosas que seguramente ni necesitan. Al terminar la búsqueda exhaustiva del los contenedores de plástico, el tiempo ya estaba prácticamente arriba de nosotras, pero el destino, como siempre, nos jugó una broma de mal gusto, ya que un estúpido cajero no nos cobro un contenedor de plástico y mamá tuvo que regresarse a que el tarado enmendara su error. Diez minutos de mi vida desperdiciados ahí. Finalmente, nos fuimos. –Mamá, llévame a la agencia, ya es tarde. Mi mamá como buena mamá que es, me llevó a la agencia. La junta ya había comenzado, aunque nadie se extraño de que llegará tarde, ya que generalmente nadie llega a la hora acordada. –Los pendientes para esta semana son estos, señalo mi colega. ¡Una hora productiva al fin!, pensé. Dieron las 3:30, me despedí de mis colegas. –¿Vas para el centro?, preguntó uno de mis amigos.
–Sí, pues vámonos juntos…no traigo auto, mi mamá está en la ciudad y pues…
–No te preocupes. De todos modos, no voy muy lejos.
Salimos de la agencia y el cielo se oscurecía; a mi no me preocupó, porque ya días atrás había pasado lo mismo y ni una gota de agua en el piso. Ya en la puerta de las oficinas a donde se dirigía mi amigo, él me preguntó…
–¿Traes paraguas?
–No, ¿Por qué?, le pregunte extrañada.
–Yo calculo que como en media hora empezará a llover, afirmó.
–Si, si traigo paraguas, le dije, burlándome de él.
Nos despedimos y continúe con mi camino, mientras me reclamaba a mi misma porque no había tomado un taxi, ya que parecía que entre más avanzaba el cielo se tornaba más negro, las primeras gotas de agua no tardaron en caer.
–Carajo, dije. Y apresuré el paso. Ya sobre la 16 de septiembre y 13 poniente el aguacero me sorprendió por la espalda. Todos corrían a refugiarse, menos yo, que necia seguía caminando. Pase la 11, 9, 7 y 5 poniente con más pena que con gloria, estaba completamente mojada, en mis zapatos nadaba basura y agua puerca, mis pantalones eran como esponjas, absorbían todas las gotas que con ellos rozaban. Al llegar a la 3 poniente me quise hacer la lista y pensé, si me voy por los portales quizás ya no me jodera tanto esta lluvia y así fue, sólo que no contaba con la cantidad de gente que en ellos se refugiaban. Ahora no sólo tenía que cuidarme de la lluvia, sino también de los pinches rateros que esperaban el momento adecuado para bolsearte. Crucé Reforma y ahí fue cuando comencé a ver la luz, cuatro en punto marcaba mi reloj. Ya estaba a una cuadra de mi destino, así que apresuré el paso. Más tarde en planear mi ruta que en llegar. Cuando me di cuenta ya había llegado.
Y ahí estaban mis compa-ñeros, hablando sobre sus logros con circo, maroma y teatro, –Pinches mamones, pensé. Llegué y puse la mejor cara posible, aunque eso de ser hipócrita nunca se me ha dado, y con toda la bola de pendejadas que me habían pasado antes de llegar, apenas pude hacer un gesto de alegría.
–Buenas tardes, les dije. Y tomé asiento. Me senté en la cabecera, para no estar en medio de su plática estúpida y sosa. Mi presencia fue prácticamente imperceptible, seguían hablando de pendejadas egocentristas. En verdad que no quería estar ahí, pero sabía que si no asistía a la reunión, el idiota que me dejó la nota en mi casillero aquella tarde, en donde me amenazaba con decirle a la directora del instituto quién había boicoteado la entrega oportuna de los cuentos, los cuales serían parte de esa estúpida antología. ¿Y porqué mi cuento no?, son unos incultos que no saben apreciar la literatura de verdad. En realidad no entendía nada, pero sabia que tenia que estar ahí, ya que tenía mucho en juego; si mi secreto fuera revelado perdería el apoyo de mi padre, quién nunca había estado orgulloso de mi hasta el día que se enteró que seguiría sus pasos como escritor. ¡Carajo!, según yo no había dejado ningún cabo suelto, lo tenía muy bien planeado, ¿Quién de todos estos cretinos era el chantajista cobarde? Sospechaba de todos, pero a la vez de nadie, ya que todos actúan como siempre actúan, como unos mentecatos ególatras. Mientras los observaba fijamente, esperando a que alguien me sostuviera la mirada, una mano pesada tocó mi hombro.

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Viento


Me gustaba ver como se hacia su coleta. Los rayos del sol que entraban por su ventana peinaban su largo cabello castaño. Dos vueltas le daba a la liga morada que sostenía la coleta.

Karla era mi vecina. Iba en el mismo salón que yo. Muchas veces intente hablarle, pero nunca me anime realmente. Me quedaba en el intento, por que sabía que mis palabras serían en como la brisa del viento y sólo moverían sus largos mechones.
Tenía muchas ganas de decirle lo bonita que se veía por las mañana cuando peinaba su sedoso cabello. También, que quería invitarla a ir por un raspado, de esos que venden enfrente del parque. Contarle que me gustaría tomarla de la mano mientras camináramos de regreso al edificio en donde vivía. Y darle un pequeño beso de despedida en sus rosadas mejillas. Pero esto solamente vivía en mi imaginación.

Los días se fueron tachando de mi calendario, en ese el de los gatitos, que colgaba de la pared de la cocina. Y un buen día cuando finalmente me decidí a hablarle.

Al mirar por su ventana, la cual quedaba enfrente de la mía. Sólo vi un par de tenis que colgaban del cable de luz. Ya no había algo que los rayos del sol pudieran peinar, ni un solo mechón que pudiera ser sostenido por una liga morada. Karla y su familia se habían ido. Así nada más, de la noche para la mañana. Muchos dicen que fue porque su papá tenía problemas en la fábrica y lo buscaban por haber robado dinero de la caja. Otros dicen que su hermano mato a un chavo que vivía en el mismo edificio que él. Y unos cuantos dicen que fue porque ya no les gustaba vivir aquí.

Pero sea lo que sea, ella se ha dio y con ella, el viento se llevo mis palabras.
 
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